Tacto, anorexia y muñecas: la lógica de “Superstar”

Superstar The Karen Carpenter Story

El morbo es magnético, the morbo es capaz de atraer, aglutinar y acercar por curiosidad. Puede que éste sea un ejemplo (que me encargaré de destrabar como tal): es tentador, ver una biopic sobre la tragedia de Karen Carpenter (eximia baterista y cantante del grupo que lleva su apellido en plural) hecha con muñecas Barbie. Es hasta perturbador, y con más razón, verla en la única calidad que se consigue. Recapitulemos, ya que he comentado la idea del film: éste debut de Todd Haynes (Velvet Goldmine) no es ninguna de las palabras peyorativas que se le puedan aplicar y pueden haberse leído anteriormente. Al contrario total: Superstar es una de las mejores películas sobre una estrella de la música que he visto.

Karen Carpenter murió en 1983 de anorexia nerviosa, muy posiblemente a causa de la velocidad de su estrepitosa carrera y fama. Haynes, a través de un montaje firme y sutil, traduce su historia desde el comienzo de la banda y, por defecto, toda la bataola que le sigue a su carrera. También entrecortado con imágenes de la época (que perfectamente plasman una crítica y radiografía de los presentes que se viven) la fragilidad de Karen aparece con una honestidad dramática e infalible.

Algunas apreciaciones más, antes de concluir una recomendación final:

 un primer pensamiento sobre crear la historia de una baterista con anorexia nerviosa (sólo 6 años después de su muerte), da a pensar en que el trabajo sólo está hecho por polémica publicitaria, y no es así: el relato de Hayes es de una profundidad sincera y técnicas sensibles. pero…

ésta parecía convertida en una película destinada a desaparecer, ya que fué tal el esfuerzo de la familia Carpenter por borrarla de la faz de la tierra, que (casi) todas sus copias fueron destruídas. Todo gracías en mayor parte a la ira de Richard Carpenter (tildado en el film de un cuasi parásito homosexual y aprovechador).

De esa anécdota se desprende que a  Superstar sólo podamos verla en baja calidad, ya que la única copia que sobrevivió escondida estaba celosamente guardada en el MOMA. Y gracias a internet y su poder liberador, hemos podido conocerla y superar a las leyendas.

Cosmopolis: la rata como dinero, el peluquero como huída

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Podemos echar mierda largo rato, como se está haciendo en este momento, que Cosmopolis no llegó a los cines y la gente la está viendo on line y todas esas cosas. Y la verdad es que no se que esperan, esperan algo que quieren, que desean, quieren volar, arder sin morir, desmadrarse sin latimarse. En fin, quieren flashear y salir ilesos. No gente, no es así la cosa. Y sé, y lo puedo decir, desean que Cronenberg vuelva a su complejo gore y mutaciones delirantes físicas, a mi también me encantaría. Aunque tampoco me conformo con “lo que hay”, como para satisfacer un deseo de antaño y acostumbrarme de mala gana a “lo que hay”.

Está pasando que Cosmopolis vale la pena verla, nuestro canadiense favorito retoma posibilidades que había escupido con “Spider”, aunque volviéndolo más tedioso y desconcertante. Al estar basada la película en el gigante libro de DeLillo (cuyos libros fervorosamente recomiendo), igualmente recrea su idea de un guión original, donde se lo ha acusado de pseudo intelectualoide. Pero, pongámonos de acuerdo… ¿no se lo siempre a Cronenberg de eso?. que sus posturas eran incomprensibles, estúpidas, sin sentido, incomprobables. No me importa lo comprobable, es lo exquisito de hipotetizar, al final la mentira de la verdad absoluta se la pasa disolviéndose constantemente, divirtiendo al desconforme, desconcertando al buscador de certezas que busca un fin en sí mismo a sus ideas. Por lo menos, en el arte, no espero más que desconcierto muchas veces, me siento atraído por el desequilibrio, todo lo que pueda llamarse “falto de sentido”, no porque sea tan abierto como para inventar cualquier explicación (eso puede hacerlo cualquiera), sino porque estar con la comprensión desnuda es tan disfrutable como incómodo. Y a la incomodidad me refiero en fin, ¿que esperamos de una película?, todos tenemos respuestas diferentes, muchos usan la palabra “género” para poder terminar de finiquitar la cuestión, pero se olvidan de lo importante de la experiencia, tan variable como espectadores existen.

Al grano. Cosmopolis no tiene temporalidad, ni (casi) espacio físico, se trata de un multimillonario de las finanzas que a pesar de toda la debacle quiere ir en su limusina a cortarse el pelo. Un Pattinson que nos demuestra que puede actuar lo encarna, obsesionado con su salud, buscando su autoinmortalidad obscena, vacío e intelectual, criado por lobos, hijo de su imagen.Ahí entra de nuevo Cronenberg, sin efectos especiales ni nada, de nuevo la transformación total en el proceso, en la sinuosidad bursátil, la experiencia de vivir humanamente fuera del único contexto que acepta. Parece una road movie millonaria, con diálogos espectaculares, conceptos desequilibrados, las ratas volviéndose moneda, los personajes de su fauna, teorizando sobre la inversión del tiempo y su naturaleza, el espíritu maltrecho de un futuro que no existe y moldea el presente a través de la especulación. Y la debida destrucción de la perfección, de los lados, las sombras en las cuales viven quienes se alimentan y ejecutan la mentira. Al final, la complejidad del mercado no es más que una simplificación directa de corazones a la mitad, tan maltrechos como los nuestros.

Me detengo en que es una película de lugares tan coherentes como rutinarios, donde hay personas que juegan con lo peligroso, la economía no es moco de pavo, es deidad de quienes han sabido intoxicar al mismísimo Cronos moderno, la interpretación del tiempo a su respectiva medida, el tiempo, medida estipulada por la muerte, y luego, medida que establece la muerte. Pero  hay quienes desean eternidad a través del temor y el control del apocalipsis financiero. Ese es nuestro personaje.

En fin, una muy buena película, basada en un gran libro, acerca de la ratificación del humano y su eterno impulso especulativo para generar más poder. Poder que se acaba, poder que no existe.

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“3 Women”: buscando materializar las trinidades

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Durante el transcurso de armar un rompecabezas, existen dos esquemas de experiencia: el proceso de armado y lo que podría llamarse, el correcto resultado final. Mientras las piezas buscan unirse en un conjuntó lógico, el ejecutante atraviesa por infinitas formas de vivir la realidad que, son tan válidas como el acabado en sí donde podemos ver un paisaje o la estación MIR. Un rompecabezas es un entramado establecido de puntos espaciales desordenados, que unidos de la forma correcta dan un resultado lógico y “real”, pero, curtiendo la conciencia… ¿qué hay de errado en afirmar que para llegar a ese resultado final (considerado el apropiado), cada pieza posee un universo tan propio y necesario, capaz de alterar atómicamente al conjunto?. No hay duda alguna de algo así, aunque en fin no lleguemos a poder ver esa foto del bosque, mientras, somos dueños de perpetrar realidades diferentes e ilimitadas. Todo re cuántico pero, ¿cuando no hay una imagen de guía, un manual?, ya nos adentramos en la vida misma, en el concepto de misterio que guía aciertos y errores. Nadie pudo explicarlo definitivamente hasta el día de hoy, y espero que jamás nadie lo haga.

3 Women (Robert Altman – 1977), forma parte de una muy rara experiencia cinematográfica, deconstructiva y onírica, este último concepto, piedra angular. Altman contó una vez que la historia de ésta película es producto de un sueño mientras vivía una situación estresante: el miedo a perder un ser amado. Atmosféricamente consciente de lo que pasaba, escribió un guión cargado de presencias espesas y momentos vitales por igual.

Ante el acto de desdoblamiento de personalidades, entramos nuevamente al juego sesgado por la verdad de cada pieza del rompecabezas. Dos mujeres opuestas se conocen en un ámbito laboral y acaban viviendo juntas. Una de ellas (Duvall) camina por su mundo negada por el resto, hace gala de virtudes que nadie corrobora y habla con altura de conductas de revista Cosmopolitan. Mientras que Pinky (Spacek) es un ente misterioso y tímido: recién llegada a la ciudad, nada se sabe de ella, lo que vemos de su personalidad, se jacta en una ambivalencia que va desde una imagen infantil hasta una especie de obsesión por quien es su nueva compañera de cuarto. La tercer Women es una entidad caminante que corrobora una simbología inmensa: embarazada ella, esposa de un misógino macho alfa, camina por los lugares portando la espera de la luz, mientras se dedica a dibujar en todo lugar una serie de manifestaciones reptílicas/antropomórficas que, veremos, se codean con todo lo que va sucediéndose, según el surreal ojo del director. Cuestión de tiempo, especular sobre cómo afecta la oscuridad latente a un niño a punto de ser ejectado a aquel mundo devenido en inconsistencias.

Veamos en sentencia versátil, por donde se mueve la complejidad de 3 Women:

– Sentimiento incógnito, el de resumir un trabajo que peca en su simpleza de explosiones impalpables…. mientras se va a apreciando una historia por momentos relajada, aparecen dos series de palabras que dinamitan cualquier idea de realidad antes determinada. Es el juego propio de Altman frente al tratar de explicar una serie de personalidades mutagénicas (en el sentido más peligroso que se conozca)…

– En ese juego, visualmente se interpone necesariamente la matriz; sobrevuela, SE VE, tanto en la pesadilla, las tomas de decisiones, los hechos, el movimiento acuático, relativizado (aunque no de manera simple) al útero en su forma más general y potente: la idea vital del cambio permanente, sano o no, desde que se es célula, hasta en el devenir diario de la toma de acción y decisión.

Robert Altman gesta una trinidad a su manera, dotándola de verdades propias: la sacralidad es también poesía de la imperfección, el absoluto no es consistente dado su carácter basado en el capricho del portador. Hay una teoría sobre el comportamiento memético, que reza una tesis sobre que es en verdad la información, la que nos utiliza como cebos para progresar, y a pesar que se manifieste como cultivo manipulable, siempre sabe como resucitar las formas que le van a permitir dar su próximo paso. Altman plantea una serie de psiques mutantes, las cuales Él mismo de encargo de aclarar que no entendía. Asimismo se dan los detalles de éste final, momento que no existe como tal, porque nada puede en verdad terminarse definitivamente.

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Garth Marenghi’s Darkplace: la mejor y más maldita serie de terror de los 80’s

Garth_Marenghi_s_Darkplace5Actuando bajo trazos arqueológicos, una bóveda escondida en el sótano, llena de extrañezas desconocidas e inéditas. ¿Vale la pena esa pregunta que pregona, sobre si los tesoros en verdad están sobrevalorados?, me parece que sí, porque al final hoy en día, el concepto de tesoro se devalúa a partir de su comercialización, el mercado hace lucro del culto, el culto lo compra en Amazon, y lo de culto se origina a partir de una sobredimensión. El misterio (tesoro), se fundamentaba en su dificultad, no era conseguible facilmente, formaba parte de lo legendario, aunque capaz era un brutal (pero hermosa) porquería. Como siempre, lo que no tenés, es lo que más amás, respetando la circularidad del impedimento y los placeres. Esta reseña, va a estar dividida en dos partes, la que vale la pena, y la que dice la verdad.

PARTE 1: Pese a la censura, éxito en Perú.

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Hablar del británico Garth Marenghi es enfatizar a quien se hace el misterioso. Escritor, actor, productor, director, y, por sobre todo… dreamweaver. Del tipo no sabemos ni vamos a saber nunca nada, sólo lo que el nos cuente, y eso significa, que es el artista más copado de la tierra, porque Él nos informa sobre eso. Parece que Garth ha escrito cientos de novelas de terror, es infaltable en la biblioteca del adicto al género, y se volvió una figura misteriosa, vaya alguno a saber por que. Y a la vez, desconocemos su calidad literaria, sus tópicos, los vaivenes de su alma perturbada por pesadillas de panacea ordinaria. Dice que ve cosas que nadie más percibe, es el dreamweaver, motherfucker. Pero en 2004 tuvimos una nueva oportunidad frente a los ojos:

Durante los 80´s, el tipo escribió una serie sobre su obra cumbre, el Darkplace, un hospital sobrenatural y deforme que no tiene nunca jamás un día normal, ya que es el lugar donde se manifiesta lo más oscuro de la existencia oculta y sus implicancias sobre nuestro cerrado espectro mental humano. Garth Marenghi decide actuar en esta serie de seis capítulos, tan rupturista, tenebrosa y compleja, que nunca nadie se atrevió a poner al aire (a excepción de un breve éxito en Perú). Así, toma el rol de Rick Deagless, EL doctor más respetado y outlaw de la historia de la ficción, que sabe más de arcanos y artes negras que de insulina, pero no se le muere nadie nunca. Un héroe de verdad (House, llegaste tarde, y pésimamente), desafiante, arriesgado, que está rodeado del personal más peligroso y funcional:

– Lucien Sanchez: su tocayo médico, que no le tiene miedo a nada y secunda sin dudar a su amigo Rick, enfrentando a cualquier entidad malévola que se manifieste en el hospital.

– Madeleine Wool: nueva adquisición en el personal, graduada con solo dieces en la “Harvard College Yale”, psíquica.

– Dean Learner: director del hospital que, tratando de mantener el status quo, nota y sabe que frente a lo sobrenatural, el amparo de la lógica hipocrática se desvanece. Groso de la escopeta.

Así, como ya expliqué, la serie nunca pudo ver la luz, era demasiado para la televisión ochentosa, época en que “Dallas” lograba sus momentos dorados y las cadenas se preocupaban sobre preservar la integridad mental de sus espectadores. Todo quedó en el olvido, juntando tierra… hasta que en los 2000 la TV británica estrena la serie en formato documental. Introducido cada capítulo por el mismísimo Marenghi, no sólo se nos da la oportunidad de disfrutar una escondida obra rupturista, sino que también, podemos verla intercalada con comentarios de quienes participaron. Una oportunidad única e irrepetible, en la cual se iluminó a la negritud, y el terror estaba de vuelta…

PARTE 2: La verdad estupefaciente.

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 No me gusta hacer ésto, bah, decirlo, pero todo lo que dije hasta ahora, en doble interpretación, es una parcial mentira. La verdad es que (en negritas y mayúsculas) Garth Marenghi’s Darkplace es por lejos, una de las mejores series de comedia que se han hecho, lo firmo, y banco los trapos. Craneada por Richard Ayoade (el pibe de IT Crowd que tiene la permanente) y Matthew Holness (Marenghi mismo), este corto pero efectivísimo ejercicio de humor, tiene una originalidad inoxidablemente genial. Filmada a modo de mockumentary (falso documental), tenemos al universo de un escritor corrosivamente egocéntrico que logra la oportunidad de su vida, al mostrarse a si mismo, interpretando un papel altamente heroico y versátil, fruto de su propia obra, el cual también dirige, y vaya uno a saber que más no hace.

El chiste es inmenso y desopilante, abusando de la métrica ochentera, sus tópicos culturales, y las barrabasadas del entretenimiento (mutagénicas era a era), Marenghi nos presenta cada capítulo (bue, a sí mismo) tratando de explicar seriamente la profundidad de su obra: baja de escaleras ridiculamente, se sorprende cuando lo agarramos leyendo, cita su propia obra cuan jam de poesía bizarra en un patio abandonado lleno de caracoles comiendo tundras del Brasil. Durante los episodios mismos, las entrevistas (citadas en el presente), elevan el absurdo (aunque parezca imposible) de los capítulos mismos: Dean Learner es el productor de la ochentoseada, y como era amigo de Marenghi, fué obligado a actuar, haciendo unos papelones de la San Perra, e incluso cuando cuenta sobre la filmación; la ridiculez implota a límites demasiado épicos.

Tratar de hacer una explicación es inalcanzable, ya que el guión tiene un formato excesivamente superpuesto narrativamente, capas y capas sólidas de acidez, gags inmensos, basados en la sobreactuación brutal, el montaje errático, entrecortado y horrible mezclada con la infamia misma de la trama, repleta de cosas que debería quedar impregnadas para siempre en la historia de la televisión: fetos de ojos, rituales satánicos, cuerpos que explotan, menstruaciones malditas que controlan la materia… la lista de cosas que pasan no termina, y es inimaginable.

Todo sea, por volver utensillos de cocina asesinos, pequeños hombres lobo, ojos gigantes con grandes piernas y sementales porongas pornográficas pixeladas, manejando autos sin lógica alguna. Todo sea por la hermosa estupidez.

PARTE 3: Nunca se como terminar las cosas.

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Nunca supe por que Garth Marenghi’s Darkplace es tan desconocida, y a la vez, de lo mejor que he visto en la corta vida. No tengo reparo en firmar con sangre que TODO lo que se dice (sus diálogos e insinuaciones) en la serie es antológico e imperdible, fruto de un par de cabezas iluminadas e interpretaciones de asombro. Porque no es fácil ser berreta a propósito, y menos cuando querés hacer humor con una época diferente, que manejaba otros atributos narrativos. Por eso el formato documental engrana definitivamente lo correlativo al absurdo mismo del placer sin culpa. A la corta, creo que haciendo todo ésto, ayuda a que una obra maestra tenga de por sí, una especie de justicia, y pueda ser absorbida por la frenética gula del espectador moderno.

En cierta medida, estoy equivocado respecto a la introducción: lo que es de culto, puede ser pirateado. Pero seamos un poco más correctos frente a la naturaleza de lo incorrecto, y démosle a las cosas, su merecido lugar. Todo esto ha sido un gran chiste, excepto por la ferviente y obligatoria recomendación. Hasta después.

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La última de Dupieux, y los masturbatorios trazos electrónicos sobre policías que hacen honor a ésta dimensión

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Las formas de la comodidad son permanentemente objeto de debate, aunque casi nunca se hable de ello en voz alta. Nunca nos vamos a poner de acuerdo, claramente, sobre la intercambiable serie eterna de sensaciones que proveen aquello que trae  alguna desestrezante calma. Debería haberlo hecho hace tiempo, alguna especie de resignación argumental sobre el cine de este tipo, pero no cargo culpas, que hayan pasado lo años alimenta que ésto de ahora se lubrique mejor.

Wrong Cops es finalmente lo que esperaba de Dupieux, el acto triunfal de autoconciencia ilógica pero funcional, claro mapamundi de una mente perturbada por lo factible de la estupidez reluciente. Vaya hermosura. Después de haber consumido unas cuantas veces y con gusto Wrong (2012), su obra maestra, que te lleva de babear a emocionar en en tris inmoldeable; la psicodelia burda sobre un organismo policial basado en la estupidez degenerada, no pudo más que satisfacerme en las convicciones.

Éste flagelante malabar sobre el andar de yutas deformes, portando trajes de poder, tiene sus razones plásticas, icónicas, sugerentes: el monopolio legal de la fuerza se corroe en su propio absurdo: no caemos en quejas sociales, ni justicias poéticas sobre el abuso…: eso es demasiado complejo para la cabida de la sociopatía simple y llana: enfermo se está donde se esté. Entra en juego la neurona de Quentin sobre la plasticidad enfermante que tanto nos gusta, y lejos está de cualquier razonamiento intelectual, algún ensayo psicodramático de la realidad imperante. Ya fué, como todas sus películas, todo ésto va sobre algo que está y sobrevive superpuesto al quehacer diario de cortar el pasto y pagar la tasa municipal: la pavada gigante que tanto nos entretiene.

Fiel es la moda moderna, la de distribuir marihuana dentro de ratas muertas cerradas con cinta aisladora, presionar a las demás para ver su violenta desnudez, tratar de esconder la imagen de que fuiste sodomizado con gusto en el pasado, mientras posabas. Quentin Dupieux logra el descoloque total con su última película: agarra a todos los actores con los que empatizamos en el pasado y los corre un poco al costado para contracturarnos. Ese es su poderoso mecanismo de control sobre el Universo y nuestro tropiezo, al haber glorificado no hace mucho a algunas personas, ahora las muta levemente, para hacernos sentir que el espacio/tiempo padece ataques cardíacos simultáneos. El humor como arte, tanto tiempo infravalorado, no es moco de pavo, tardé mucho hasta que me di cuenta las líneas subconscientes que conectan a Dupieux con los remates de los Python, aunque ya más posmodernizados (hiuk),  todo cierra al mirarse al espejo y aceptar en voz alta que nos gusta ser irritados de vez en cuando. Por eso es que nuevamente, van a aparecer quienes sentencien que esta es otra película sobre nada y, aunque lo digan despectivamente, tienen razón pero están adulando su fortaleza: crear humor sobre la negación rotunda del absoluto. Por eso no sorprende que otra vez este titularizado el equívoco (reutilizar el wrong), ya que en el mundo real todo está corrido constantemente, somos el gatito dentro de la caja, pero si nos escabiamos el veneno no nos acordamos.

Por último, para terminar este tedio al que los he sometido, tengo que destacar el divertido carácter automasturbatorio que sobrevuela y fundamenta muchos gags. en éste sentido, QD juega como acostumbra con su bipolaridad artística. Así que la voy a subdividir:

 Quentin Dupieux: La mujer e hija de quien encuentra enterrados 13.000 dólares en un momento están hipnotizadas y halagando una película sobre ruedas de camión prendiéndose fuego, en un flagelante holocausto. Y si así lo vemos, como no sacarse el sombrero y pantalones para alabar  Rubber (2010). A su vez, éste mismo tipo (¿no era que estaba obsesionado hace 2 años con no detenerse y termino manejando por el desierto?), resulta ser un ex policía con antecedentes en el porno homosexual, pero continúa siendo vecino Dolph Springer y su perrito (único persona que se conserva como tal pero nos desencaja más aún). Sus guiños a sí mismo son constantes y rotundo, y quiero pensar que Master Chang mira desde arriba.

Mr. Oizo: Mr. es el invisible corazón del ritmo en la película. Dupieux es Oizo desde antes que sepamos de Dupieux. El policía dealer es un reventado adicto a la música electrónica (no perderse cuando se desnuda mientras le grita a Marilyn Manson “AFRIIICAAAAA”, siguiendo el enfermizo groove); y el Policia Tuerto es compositor (y anteriormente, jardinero crístico), y cranea el hit noventero de Oizo, que a su vez, es echado al inodoro por los productores musicales. (triunfé, forros).

A mi me gusta salir a la calle, y mientras la estudio, darme cuenta que la gente es como Dupieux la muestra. incluso, creo que así es, lo muestre o no. No quiero vivir en un planeta donde los seres conscientes no den discursos sobre el infierno en un entierro por culpa de un mal viaje de falopa, ni donde se niegue que el excremento tiene memoria.

Otra joya.

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“My Mad Fat Diary”: absoluta belleza y reconstrucción

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Nunca es fácil, es inconexo, incluso errático resumir esta serie en algunas palabras, aunque no tengo ningún interés alguno en ejercitar un resumen, o simplificar sensaciones para volverlas a-la-orden-del-día de la sugestión. En fin, procurando los límites del descontrol, buceando por comentarios en otros idiomas, interfaces interesantes ajenas, acabo encontrando un nombre, una serie, de la cual nunca si siquiera había escuchado nombrar en los sitios “especializados” en español. (A salvaguardar): jamás he tenido ese prismático cultural símil topo que me aliente a hurgar para encontrar, soy un enfermo de la sorpresa, soy un ninfómano de la sorpresa. Pero, por suerte, esto no se trata de mí. Se trata de todos.

No es fácil, con las piernas que remiten a algunos tajos de cuchilla, algunos presentimientos extraños y siniestros de la propia percepción. Complicado, en un mundo enfermo de estereotipos desastrosos y mierda ideológica respecto a la apariencia. Horrible resulta la inercia idiota, ajustada a cabezas adolescentes, a la chatura del pertenecer, a la modorra de perfilar “lo cool” al esquema. La noción misma del estereotipo recrea un hoguera implícita: el pertenecer es soportar el fuego (o saltearlo de antemano), la quema es para quien lo soporte y desee estar con quienes festejan el rito. Y lo más gracioso, es que ese acto ritual interno, es preponderantemente general: se lo asimila como propio, cuando en verdad está prefijado por estructuras discriminatorias anteriores. El estereotipo es chatura a la enésima potencia cultural, es reducir la imagen al mínimo de comprensión. Entonces, es ahí donde late la conducta, la personalidad, en donde se apabulla la estupidez con frenesí… el súmmum de la aceptación autoconciente. My Mad Fat Diary trata sobre Rae a partir del día que sale de una especie de institución psiquiátrica, en una serie de impulsos, ha tratado de destruirse a sí misma, odiándose por sus problemas de obesidad. Era un hecho escondido, su desértica madre (cuya expansión de maternidad es ínfima e impalpable) niega sus problemas y esparce la idea de que estaba en Francia, de joda, estudiando, o lo que corno sea. Primer principio de negación: pulsando lo familiar, Rae está sola con su mamá, en una casa que niega su tratamiento estimado a conciencia, y cuyas intimidades están forzadas por un amante inmigrante ilegal prófugo de la justicia. No es sorpresivo que las sensaciones carcelarias estén mas afincadas al hogar que a la institución mental, donde dejó a su gran amiga, afectada por la bulimia (que va a reaparecer constamente a través de flashbacks y presentismos reales). Y esta Kester, con sus orejas, el psicólogo escolar, encargado de la tranquilidad de la reinserción, quien sabe que Rae es obligada a llevar un diario, pero jamás la fuerza a abrirlo.

Es difícil, el simple hecho de volver a las calles y cruzarte a tu casi ex-mejor-amiga-potra al instante, aunque te invite, en ese mismo instante, a acompañarla con sus amigos: una banda intrincada de sinsabores permanente que atraen muy fuerte. Y de eso se trata el pseudo Segundo principio de negación: la esterilidad frente a la nueva relación humana, frente al amor, la sexualidad. Un grupo de pendejos de 16 años arrebatados a sus hormonas, en competencia interna, pura calentura incomprendida, plena insatisfacción.

A partir de esta frase, queda explicado que el carácter la de la insatisfacción, se relega (generalmente) a percepciones armadas a partir de los ajeno, de que será. 

Y se termina la reseña: My Mad Fat Diary, es una gloria de serie, es una historia de verdad, es una magnificencia de espinas atravesando el crecimiento mutuo. Hay un guión de excelencia que recae sobre una historia cada vez más reconocible: puede estar todo situado a mitad de los 90, pero la bosta humana no tiene precedente: se sigue trastornando la forma humana a partir de una subjetividad cuadrangular, que elimina lo interesante, lo cúbico y dimensional que representa cada humanidad por separado. Y este tópico se adapta a todo, Rae, auto-odiada, devastada por la dificultad de tener que volver a introducirse en el marco social, es de una belleza absoluta, tiene una onda de aquellas, es hermosa, escucha a los Stone Roses y, por, sobre todo, trata de paliar a los fantasmas, con o sin suerte. Cosa que nunca es fácil, paliar fantasmas. Funcionando, a la vez, en el esquema, quienes la rodean, también despliegan belleza (y se sobreentiende que hasta altura ni en pedo hablo de físico): belleza es la pelea interna y saber concebirla costando ésto el dolor: en ésta vida no tenemos que escondernos del reflejo en el espejo, estar complacidos con quienes somos es una mezcla tóxica de madurar y errar, comprender y testificar, escuchar y callar, defenderse y amar.

Está siempre, aunque nunca sobreentendida, la idea de que la reconstrucción es un proceso inimaginable. Cuando en verdad, por más complejo que sea, jamás va a ser inadmisible, y menos efímero. Reconstruir es un proceso que se jacta de la autocrítica y la valentía. Jamás, de la autocompasión, eso es chiste, es un error mundano, es seguirle el juego al estereotipo. Aburrirse, es un capricho imposible.

Y ÉSTA, ES UNA SERIE IMPRESCINDIBLE Y METAMÓRFICA.

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Este mundo hermoso arruinado por gente que muere: algunas letanías sobre “Only Lovers Left Alive”

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– Zombie: Muerto viviente cuasi eterno que ha perdido sus capacidades de razonamiento y lógica, estancado en la decadencia, destructor de su ambiente y condenado a alimentarse primitivamente de la violencia que generó en su estado anterior.

– William Shakespeare: Zombie. Analfabeto filisteo.

 Existió una vez, debe estar quizá todavía rondando por la calle neoyorquinas… Peina se llamaba. De seguro está recolectando libros, yendo de un trabajo nocturno en otro, aconsejando, aguantando, y de tanto en tanto, superando la abstinencia convenciéndose en que, morder niños pequeños, justifica el alimento. Porque en ese estado de supervivencia eterna proto zen, el sacrificio es la entidad misma, nunca hay víctimas, sólo dosis caminantes para los portadores de la enfermedad:  Las virtudes paralelas de la existencia siempre entrando en contradicción mutua. Eso fué por mitad de los noventa, después le perdí el rastro, como a cualquier sombra. Pero ese entramado subterráneo, a tales niveles sibaritas, sobrevive hasta hoy. Peina parece casi indirectamente inspirar  ser el padre de seres que no tienen progenitores, o que pasó tanto tiempo que los olvidaron porque renacieron en vida, y Jim Jarmusch se encarga de contarlo a través de Adam y Eve, dos vampiros unidos en matrimonio, separados por miles de kilómetros en un mundo de opciones estrechas. Y los desvaríos naturales de las relaciones amorosas.

Adam vive en Estados Unidos y es un vampiro con tendencia a la depresión existencial (¿hay otra que no remita directamente a eso?).  En una casa con cortinas rojas gruesas, despelotada, se rodea de sus objetos: es músico desde hace siglos, y en su inquietud e incapacidad de verse a sí mismo, se ha dedicado a revolucionar la música de cada tiempo, grabando constantemente, coleccionando. Ahora es un artista de culto, está escondido de los zombies fanáticos que rigen el mundo podrido y planea el suicidio con una bala demasiado específica. Eve está en Tánger y decide ir a buscarlo y, de paso, visitarlo. Hasta acá la línea.

Only Lovers Left Alive es un sólido capricho por parte de Jarmusch, está bien escrita (a su modo personal, claro), exquisitamente filmada, y tiene un extraño barroquismo. Es básicamente un relato sobre una de las tantas formas de ser vampiro que hay en el mundo. Si, otra película de vampiros, que últimamente sobran, más que otra cosa. La diferencia parte en el extremo fetichismo que despliega el relato respecto a la historia cultural humana, de la cual los protagonistas han sido particpes y espectadores, parecen haberlo visto y vivido casi todo: resulta que Christopher Marlowe todavía está entre nosotros, e incluso se lo muestra como amigo cercano a la pareja. Adam se codeaba con Byron, Percy Bysshe Shelley e incluso le cedía partes musicales a colegas que luego trascendieron (“aunque sólo le di el adagio“).

En la eterna puja con esa forma de vida alternativa y la enemistad constante del vampirismo con la vitamina D, el ser nocturno ya no busca su alimento en transeúntes vagabundos, rubias de callejón o ratas gordas. O al menos ellos, que parecen formar parte de un esnobismo trascendental (la hermana de Eve trae a colación la idea de que ser ellos es casi imposible). Por eso es que, ante el peligro mortal de la sangre contaminada de hoy en día, con grandes sumas de dinero, deben resolver el problema del alimento, a través de bancos de sangre coimeados, en un mundo extremadamente sugestivo, entre tantas heridas que cobran vida en la vía pública y aviones.

Rodeados de ciertas eternidades y sus secretismos habituales e indeclinables, los vampiros son minoría en un mundo poblado de lo que ellos llaman zombies. Digamos, nosotros, los simples mortales, culpables y destructores, activadores de decadencia, malgastadores de agua, negadores de Tesla, futuros candidatos al alimento de gusano. Los zombies vivimos devastando hasta que nos merecemos el caos… la aparición de la verdad desata la diversión del caos. En esa filosofía viven este par de seres eternos, acumuladores intensivos de cosas interesantes, desde violines a ediciones copadas de Infinite Jest. La gran diferencia parece residir en la experiencia del consumo vital: cuando nosotros engordamos, ellos cada vez que se alimentan pasan por una experiencia placenteramente psicotrópica, cuasi drogadíctica. En fin, la comida es la comida.

Pero Jarmusch, con su habitual sentido del humor marciano,  contradice a sus personajes y les recuerda quienes alguna vez fueron, de tal manera que su condición no es más que una extraña enfermedad intelectualoide: todos sufrimos el espacio mental en donde toda madrugada es insuficiente, somos cómplices de la luz o su ausencia, mientras conjugamos egoísmos, rutinas e intrascendencias, nada más a que a ellos, deducir ciertos misterios milenarios de formas y vibraciones, les cuesta menos, supuestamente. El humano corriente (zombie) no es ni quiera dueño de sí mismo, ya que la muerte nos superará. Y ahí explota la cuestión de, por que un par de personas que no sufren ese problema tienen tanto miedo… porque el miedo es inherente, no hay manera de conservar la vida eterna. Toda forma de vida esta condenada, sólo que se nos hace imposible saber, cual es la más cómoda. La muerte es inevitable, incluso los vampiros. Pero la vida es una exquisitez que prepotea a los laberintos. Estar condenamos a vivir, es más que dichoso, y es realmente el amor una buena dosis infalible.

Es el tacto, el que descifra los eones que componen la materia.

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